Óscar René González López

A lo largo de la historia, el ser humano ha venido generando una larga colección de discursos que transitan desde los más naturalistas e integradores con el medio ambiente, hasta aquellos que defienden tácitamente la supremacía del intelecto humano sobre la naturaleza, y esto implica todos los artefactos que es capaz de desarrollar la ciencia moderna.

En el proceso de problematización de la relación naturaleza-sociedad, Arturo Escobar considera que se comienzan a formar diversos grupos ambientalistas con la tendencia de “el medio ambiente desde una perspectiva global”. Así se va ligando el discurso ecologista a tres grandes visiones íntimamente ligadas a procesos políticos: por un lado el discurso eco-socialista, el culturalista y el ligado a tendencias liberales.

Cada siglo tiene su propio horizonte de recursos, advierte Luis Urteaga, para anotar que la visualización de las oportunidades tecnológicas y la interrelación con el medio ambiente se ve en cada tiempo transgredida y actualizada, el acceso a los recursos naturales y tecnológicos es el tema de debate en cada una de las revoluciones industriales.

La preocupación de los ilustrados pareciera que se concentró en el concepto de recursos renovables de acceso irrestricto, como la pesca o los bosques, de tal forma que la silvicultura se convierte en un problema de Estado, como hoy está ocurriendo con las economías verdes y la generación de energías limpias, en tanto eje de política pública.

El interés por cuidar el medio ambiente no es nuevo. Desde 1525 y hasta 1756 se reporta la llamada crisis de la pesca del atún en España y con ella la discusión sobre la estrategia más adecuada para la conservación de esa especie como recurso natural: los registros evidencian una extensa polémica sobre las nuevas modalidades de pesca, como el arrastre, introducidas en el siglo XVIII.

La opinión de la época aparece ya dividida entre los defensores de las nuevas artes de pesca, por su mayor productividad, y los partidarios de aliviar la presión sobre los recursos, empleando modalidades de captura menos intensivas.

Los agrónomos y naturalistas del siglo XVIII intentaron sentar la defensa de los bosques sobre una doble base: su función productiva y su benéfica influencia ambiental.

William Stanley Jevons hizo notar, en su obra “La cuestión del carbón“, publicada en 1865, que una economía basada en la explotación de recursos fósiles difiere forzosamente de la que se apoya en recursos de flujo, ya que sus fundamentos son frágiles.

Si bien voces como la de Jevons advertían sobre el futuro de la construcción de economías basadas en energéticos de origen fósil, la tendencia de las teorías económicas que se estaban desarrollando finalmente respondieron a procesos colonialistas y de expansión industrial.

Hacia 1854 se levanta la voz de los indígenas suquamish, en voz del jefe Noah Seattle, quién extiende su defensa de la Tierra y el Territorio desde la visión del hombre integrado a la naturaleza y como parte orgánica.

Habla desde la interrelación de los animales, los ríos y praderas ligadas con la expresión “todo lo que le pasa a la tierra le pasa a los hijos de la tierra”.

Desde 1829 y hasta 1850 se habían venido concretando diferentes esfuerzos del gobierno de Estados Unidos por trasladar a los pueblos indígenas por medio de leyes como la llamada Ley de Traslado Forzoso, en 1930, la cual dio lugar a dos breves guerras (la guerra de Black Hawk, de 1832, y la segunda guerra creek, de 1836), así como una larga y costosa segunda guerra seminola (1835-1842).

 

Este contexto permitió que se crearan grupos que ejercieron un discurso nacido con base en el respeto a los verdaderos poseedores de la tierra, su relación con la misma y el valor del ser humano como tal.

“Consideramos estas verdades como evidentes en sí mismas: que todos los hombres han sido creados iguales; que el Creador les ha otorgado ciertos derechos inalienables; que entre ellos están [el derecho a] la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Mientras se decían estas palabras de parte del presidente Abraham Lincoln, recordando claramente el discurso de Thomas Jefferson en 1776, se libraba una batalla por el despojo de la tierra a los nativos americanos.

En 1851 el gobierno estadounidense convocaba a las tribus que habitaban en el norte de las grandes llanuras, entre las que se encontraban los sioux, cheyennes, arapahoes, crows, assiniboines, arikara y gros-ventre, con el fin de firmar el Primer Tratado de Laramie. Lamentablemente este acuerdo fue violado por ciudadanos estadounidenses, ante la afanosa búsqueda de oro.

Multitudes de gambusinos y colonos llegaron a tierras indias y los nativos se vieron obligados a firmar en 1861 un nuevo tratado, el de Fort Wise, en el que de nuevo cedían territorios a los blancos y quedaban reducidos a una zona de Colorado.

En 1868 un jefe indio de los sioux-lakota, Nube Roja (1822-1909), se levantaría contra el ejército norteamericano y forzó un acuerdo, el segundo Tratado de Laramie, en 1868, ventajoso para los indios en el que logró los territorios de Dakota del Sur, Montana y Wyoming, además de cerrar la ruta de Bozeman al paso de los colonos blancos, pero luego, como sucedía con todos los tratados, fue traicionado por el gobierno americano.

En los discursos de origen culturalista, además de buscar la reconciliación entre la naturaleza y el ser humano, siempre se puede leer un subtexto permanente que busca el ejercicio de la libertad.

El jefe indio de los nez, Percé Hinmatooh Yahlakhet, afirmó:

“Déjenme ser un hombre libre, libre para viajar o quedarme para trabajar, para comerciar donde escoja, libre para elegir a mis propios maestros, para seguir la religión de mis padres, libre para pensar, hablar y actuar por mí mismo. (…) La tierra es la madre de todas las personas, y todas las personas deben tener derechos iguales en ella.”

“No podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres”. Elocuentemente el Papa Francisco logra en este pasaje de la encíclica Laudato Si, dar en el eje central de los discursos ambientalistas, una lucha por el reconocimiento, valoración y alternancia no sólo de los sistemas políticos y económicos, sino de los valores mismos de la visión que el ser humano tiene sobre su relación con otro ser humano y por tanto con la tierra, la casa de todos nosotros.

No se puede separar a la sociedad de la naturaleza, ni las sociedades humanas pueden escapar del todo a sus determinaciones naturales: las crisis ambientales que percibimos son tanto hechos materiales como construcciones sociales a la vez.

En el discurso ecologista no es el medio ambiente el objeto de análisis, sino nuestra sociedad, su estructuración interna y sus formas de intercambio con la naturaleza.

Estas son las líneas básicas y recurrentes que entremezcla la visión –necesariamente crítica– del sistema económico de consumo contra los medios y modos de producción industrial. La visión cultural de la relación entre seres vivos y su medio ambiente es divisa de una interpretación del choque de las sociedades industriales contra los límites bio-físicos del planeta.

Stoffwechsel, o el metabolismo de la sociedad, es una de las formas con que se construye este conflicto dialéctico de fuerzas.  Justus Von Liebig hablaba de la relación entre el metabolismo animal con la circulación de los nutrientes del suelo. En sus Cartas sobre la utilización de las aguas residuales municipales, (1865), insistía en que un reciclado que devolviera al suelo los nutrientes contenidos en las aguas residuales formaban parte indispensable de un sistema urbano-agrícola racional.

En los años sesenta la transición fomentada por la tercera revolución industrial llevó al incremento del activismo ecológico.

Los activistas ambientales se caracterizan desde sus orígenes por ver la naturaleza como un sujeto tan importante como cualquier otro ser vivo y no como un objeto que se pueda utilizar con fines definitivos de enriquecimiento industrial.

Fundado en 1961, el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés) es una organización comprometida con la preservación de la vida silvestre y el hábitat natural. En la actualidad el WWF aspira conservar la diversidad biológica del mundo, garantizar que el uso de recursos naturales renovables sea sustentable y promover la reducción de la contaminación y el consumo descontrolado. Para su capítulo en México, el organismo busca que en los próximos 10 años pueda conectar a los mexicanos con su riqueza natural, apoyado en cuatro principios básicos:
 Conservar la biodiversidad para beneficio de los mexicanos y del mundo.
 Construir soluciones globales con la ciudadanía.
 Enfocar los esfuerzos en resultados estratégicos, tangibles, medibles y de gran escala.
 Utilizar la ciencia, la tecnología y la comunicación como ingredientes esenciales para la conservación.

En el contexto de la cuarta revolución industrial, el discurso ecologista considera a internet y los diversos medios electrónicos de difusión como base para propiciar y activar la conciencia de la relación entre humanos y el resto de los seres que conviven en el orden de “lo natural”.

Entre 1970 y 1980, en México se incrementaron las organizaciones de la sociedad civil enfocadas al conflicto ambientalista, entre quienes el uso de las nuevas tecnologías marcaría la forma de entender la gestión pública del medio ambiente.

Con el desarrollo de las redes sociales, la formación de relaciones entre organizaciones permite establecer una estrategia a través de la cual los grupos civiles pueden consolidar su presencia, adaptarse a los cambios externos, aumentar su influencia política, respaldar sus objetivos y aliviar la escasez de recursos.

A inicios de 1990 se destaca la creación de redes de activismo ecologista, como el Comité Ecologista de Cananea, el Grupo Enlace Ecológico de Agua Prieta y el Border Ecology Project, que evolucionaron desde perspectivas asistencialistas hacia posturas políticas y sociales más complejas y, en muchos casos, multinacionales.

Necesariamente el discurso ecologista contemporáneo no puede ser comprendido sin conceptos como el de sustentabilidad o desarrollo sustentable, que en resumen se puede comprender como “un proceso que ha desarrollado la capacidad para producir indefinidamente a un ritmo en el cual no agota los recursos que utiliza y que necesita para funcionar y no produce más contaminantes de los que puede absorber su entorno”.

En 1962 la bióloga Rachel Carson escribe el libro Primavera Silenciosa” (Silent Spring) en el que detalla el escenario de un futuro silencioso, sin los cantos de los pájaros y con otras terribles consecuencias si se continuaba con el proceso degenerativo producido por la contaminación ambiental, texto que junto con la declaración del jefe Noah Seattle han motivado con gran fuerza a los activistas y teóricos del desarrollo medio-ambiental y han logrado consolidar los grandes acuerdos globales que están dando marco a la sustentabilidad:

1. Las ciudades sustentables como escenario.
2. Los ODS como factor de innovación en la gestión.
3. Nuevas metas sobre cambio climático y descarbonización de la economía.
4. Ética y transparencia.
5. Acción urgente por la igualdad de género.

La Kultur∆Teka 4.0 de este mes está dedicada a todos esos discursos relacionados con la tierra y a los activistas que están marcando tendencia y haciendo diferencias en nuestro mundo.