Gerardo Tovar Ortiz

Gerardo Tovar
Gerardo Tovar, Actor y productor de teatro de barrio, experto en cine nacional, y gestor cultural

El teatro de barrio, las pastorelas y una profunda pasión que se cruza entre la fe y la satisfacción que da el aplauso de los espectadores son algunos de los elementos que han formado a Gerardo Tovar.

Fundador del primer cineclub en el centro histórico, dentro del museo de templo mayor, nos comparte en esta ocación su visión de “La pasión” tras bambalinas.

El convivio está animado. En un rincón, Claudia, esposa de Pilatos, platica entusiasmada con Jesucristo; en otro extremo del salón, María Magdalena muestra el último what’s recibido en su celular a un sonriente Herodes. Más allá, un grupo de soldados romanos se burlan de un compañero, pues sólo consiguió completar su vestimenta con unos huaraches típicos de Michoacán.

Es la reunión previa a la Semana Santa de 2017, una especie de retiro- convivio, organizado por el cura de la parroquia del Señor de la Misericordia, en una de las precarias colonias del municipio de Ecatepec (el más poblado de nuestro país), zona donde un hacinado y desordenado caserío de tabicón grisáceo cuelga de colinas y barrancos que alguna vez fueron parte de la zona ecológica protegida de la Sierra de Guadalupe, donde este grupo tan diverso, formado principalmente por jóvenes, realiza la representación en vivo de la Pasión de Cristo.

El padre arenga a los asistentes a ponerle mucho amor y entrega a la representación; los más viejos, que tienen muchos años participando, escuchan con respeto la voz de su párroco. Yo, por mi parte, les digo que en estas representaciones hay dos palabras clave: EMOCIÓN y DEVOCIÓN. No se pueden vivir plenamente los misterios de Cristo sin estos dos ingredientes.

Después de varios años de ausencia he vuelto a este barrio donde viví por largo tiempo, donde mis hijos crecieron y fueron a la escuela entre pobreza, marginación, falta de servicios y basura, y donde impulsé, junto con mi esposa, el primer comité pro- construcción de lo que hoy es un templo amplio, bien construido, con un gran atrio y mucha participación de los grupos de liturgia y pastoral.

He vuelto y me han recibido con mucho entusiasmo: “Don Gerardo, échenos la mano con el Viacrucis, esto se ha caído mucho. Cuando usted estaba nos quedaba bien chingón”, me dice el señor Enrique, uno de los organizadores. No necesitaron rogarme mucho: desde hace 48 años comencé a participar en este teatro callejero o teatro de barrio, allá en la Ciudad de México donde vivía y donde surgió mi pasión por las pastorelas y las representaciones de tipo religioso.

Llego al ensayo un domingo por la tarde y me presentan con el grupo. Muchos no tienen idea de mi trabajo previo, que en este lugar comenzó hace 31 años. Echo un vistazo a los participantes y me rasco la cabeza al ver que esto parece una representación del Día de las Madres en una escuela primaria. Hay mucho por hacer: mi Jesús tiene buena pinta, es alto, bien parecido y con buen cuerpo, pero sus movimientos son robóticos. La Virgen es una chica bonita, muy joven y simpática, pero le gana una risilla nerviosa cada que le toca hacer su parte.

Los soldados romanos son chicos de barrio, de extracción campesina, con rostros morenos y facciones toscas, alguno conpiercings en orejas y nariz. Ya en bola intimidan, le dan un aire a los policías municipales de este lugar.

La Verónica es una señora madura, muy humilde, con sus zapatos rotos y ropa que refleja sus carencias. Sin embargo pone toda su voluntad, me da una lección de cómo se hacen las cosas por amor.

Hay también tres o cuatro chicos que piden se les permita participar. Al verlos me cuesta trabajo aceptar: tienen algún tipo de discapacidad y para no caer en discriminación acepto a regañadientes.

Total, pueden integrarse al grupo de “los judíos”, casi de relleno.

¿Por dónde empezar? Es casi querer hacerla de Jesucristo y convertir las piedras en pan.

-¡No, no, así no! Un ángel no camina, flota y no te balancees tanto: pareces un pato -le digo a una chica hermosa, con cara de ángel y que precisamente hará el papel del Ángel de la Pasión.-Camina derechito. Levanta la mirada. ¡Un poco más lento! Estira tu cuello.

-¡Eso, así, así mero! ¡Así lo quiero ese día! Te vas a ver divina con tu traje.

-A ver, Pilatos: cuando sales al pretorio camina con más arrogancia, levanta tu mano con firmeza cuando acallas a la multitud.

-Jesús, tienes que hablar con voz entrecortada y levantar al cielo la mirada suplicante y con gran esfuerzo, pero con voz potente, suelta el “perdónalos señor porque no saben lo que hacen”…

El Jueves Santo por la noche Jesús lavó los pies a sus discípulos y posteriormente se dirigió al Huerto de los Olivos, donde Jessica, el Ángel, le dio a beber el Cáliz de la Pasión arrancando un “¡aaahhh!” de los presentes al momento de aparecer.

Ahora Cristo es llevado ante Caifás, el sumo sacerdote, y Lalo, uno de mis actores discapacitados, con debilidad visual, encarna a uno de los falsos testigos declarando contra Jesús.

-“Don Gerardo, yo no quiero salir en el montón. ¿Por qué no me la da de testigo falso?” -me había solicitado unos días antes y por supuesto que accedí a su petición.

Es Viernes Santo y muy tempranito nos reunimos en uno de los salones parroquiales. Todo está casi listo y mientras las santas mujeres se meten al baño para cambiar sus jeans por túnicas de la época. Marlen, una de ellas, estudiante de prepa, batalla para ocultar su mechón de pelo verde debajo del manto morado. Mientras, la Virgen María le acomoda la peluca a Jesús y por allá un publicano maquilla con moretones y verdugones las espaldas de Dimas y Gestas.

Cristo ha sido condenado a muerte por Pilatos y se inicia el Viacrucis. Son más de dos kilómetros de recorrido con una cruz que pesa cerca de 100 kilos y que mi Jesús carga con aplomo.

La multitud se aglomera alrededor de los personajes, muchos se santiguan con devoción, otros observan con morbo si de verdad flagelan al nazareno, una pequeñita con gran azoro pregunta a su madre: “¿Mamá, por qué le pegan?”. La mamá no sabe qué responder. Yo me he vestido de judío para poder moverme entre el cortejo y dar discretas instrucciones, además de tomar fotos y videos sin perder detalle.

Se escuchan cantos penitenciales por el equipo de sonido que acompaña a la procesión: “Perdón oh Dios mío, perdón e indulgencia, perdón y clemencia, perdón y piedad”. Muchos apaciguan el tremendo calorón con micheladas, cuya venta está prohibida, pero la policía municipal se hace de la vista gorda.

Es la Cuarta Estación. “Jesús se encuentra con su Santísima Madre”. Lupita, la chica que hace de la Virgen, corre hacia Jesús hecha un mar de llanto. No puede contener sus lágrimas: no está actuando, se ha metido en el papel y sufre de verdad. Yo no puedo aguantarme y abandono momentáneamente el cortejo para sacar un clínex y secarme los ojos.

Más adelante veo a Jhonatan dando traspiés, pero sin perder la formación ni el entusiasmo. Él padece parálisis cerebral y su mamá le compró el traje de soldado romano pues estaba obstinado en participar. Siento un gran nudo en la garganta y reflexiono de qué es lo que hace que se entreguen los participantes más allá de lo que se les pide.

Después de más de dos horas bajo el inclemente Sol, llegamos al Calvario; mi Jesús, muy enterito, es crucificado y muere entre dos ladrones y una romería de miles de personas: más de 15 mil.  Todo está consumado y doña Gloria, vecina del lugar, nos ofrece una deliciosa comida “de vigilia”, como cada año lo hace para los más de 60 participantes. Todo sabe delicioso después de estar en ayuno muchas horas, porque aunque ya pocos lo acostumbran, estos son días de guardar.

Otro año más de dar nuestro tiempo y nuestro esfuerzo. Mañana viviremos otro viacrucis más duro y difícil: vivir en Ecatepec, uno de los municipios más inseguros y peligrosos de México.